martes, 27 de diciembre de 2011

Cuando ya se torna ''costumbre'', cuando ya es habitual, hasta ¿común? tal vez no se nota tanto la importancia de su presencia. Pero cuando esa presencia se transforma en ausencia se nota la falta. Es impresionante la magnitud que puede alcanzar un instrumento en la vida de una persona. Lo significante de que esté ahí, lo que genera, hasta la necesidad que provoca en algunas ocasiones.
En algún momento por X motivo (o motivos) creí que no tenía tiempo para dedicarle, algo necesario, creí que no tenía un lugar en mi cabeza para hacerle, que tenía muchas cosas rebotando y no era capaz de darme un espacio sólo para eso. Tal vez en ese momento no podía, pero pensándolo ahora creo que me hubiera hecho bien seguir, aunque también no hacerlo, qué se yo... todo que sí, todo que no, muchas contradicciones.
Está bueno seguir un ritmo, tener un ritmo. Porque sino hay cosas que se pierden, se pierde el hilo, y yo perdí el hilo de varias cosas. Tocando de vez en cuando, una semana sí y la otra no, no se puede avanzar en nada. Y realmente me arrepiento, pero lo sentí así y así lo hice, todo puede retomarse, asi que nada está perdido aún. Aunque tampoco me gusta el hecho de sentirlo como ''obligación'', el tener un día y un horario para las clases, cosas para hacer, me hacía sentir presión a veces, pero es necesario eso, y es mejor verlo como una responsabilidad, que es para mí y que yo elijo porque quiero avanzar en eso.
Pensando y re-pensando en el historial me dí cuenta que me hacía -hace- bien. Que momentos en los que me sentía muy mal me encerraba a tocar y me sentía mejor, o momentos en los que me sentía muy bien también lo hacía, y era feliz. O volver del taller y buscar acordes de esto o aquello y estar intentando hasta que salga, enojarme porque no sale o ser muy feliz porque sí. Le hablaba -hablo, jaja- a mi guitarra como si me respondiera, y aunque no lo haga siempre me entiende. Es una compañía, cuando hay mucha gente y cuando hay puro vacío.
Me acuerdo del día en que mamá me la regaló sorpresivamente, una tardecita de primavera apareció sobre mi cama. ¡Qué feliz estaba! mamá no podría haber elegido otro regalo mejor, u otra guitarra más linda. Me llena, no se de qué, de cosas lindas, de ganas, ganas de hacer cosas, de felicidad a veces, y otras es la razón de no tirarme por la ventana. Y pienso en el conjunto de cosas y personas que hicieron que empezara y me dan más ganas. Lo disfruto realmente.
Es hermoso el mundo paralelo que podés construir con el instrumento. Y es inexplicable lo que me genera.
Lola te quiero, sinceramente desde lo más hondo de mi ser. Prometo nunca dejarte.